Así terminaba mi blog. Así de triste terminaba Un agujero en el suelo, el lugar que me había acompañado desde el primer momento en mi persecución de un sueño. Y así, también, renace.Ahora me espera un tiempo de reflexión, de volver a encontrar un sueño o una motivación que me haga marcar rumbo; y si eso llega y me decido a contarlo ya no será aquí, porque Un agujero en el suelo ha de terminar con esta aventura.La aventura de Nueva Zelanda, en la que me puse una mochila a la espalda y sin más me fui al fin del mundo.Salta, valiente.Fin.
Porque en su día estaba más que seguro de que el final de mi aventura había llegado, como también lo estaba de que habría otras en el futuro, pero que irremediablemente no tendrían cabida en el mismo blog. Dejé Nueva Zelanda en uno de mis peores momentos, me vi arrastrado como cuando tiras una piedra al río y ves cómo la corriente se la lleva y desaparece bajo la espuma. Yo volví a casa, y esa fue mi espuma.
Durante un año entero asistí conscientemente a la confirmación día a día de que dejar Nueva Zelanda había sido un error. Me fui cuando el rodaje de El Hobbit había comenzado y a las primeras de cambio; me rechazaron una vez y me rendí. Inconscientemente justifiqué mi abandono con esa primera intentona fallida (algo más que predecible, ¡nadie dijo que fuera a ser fácil!), y me escondí tras ella usándola como escudo cuando alguien sacaba el tema. -¿Y no intentaste ser otra cosa que no fuera un elfo? -¿Ya se había acabado el rodaje? -¿Conseguiste contarle tu historia a Peter Jackson? -No. -No. -No.
Así que volví. Pasó el verano del norte y una vez más atravesé el agujero hasta el sur. Al sur del sur, de vuelta a mi Milford Sound, porque si te pierdes en un bosque lo más sensato es ir hacia atrás y seguir tus huellas, hasta que llegues a un punto en el que te ubiques; y desde ahí volver a buscar el camino.
Pero he vuelto diferente. He vuelto habiendo aceptado que fallé y no alcancé el sueño que me trajo a Nueva Zelanda en primer lugar, he tenido más de un año para hacerme a la idea, y me guste o no, aprender a vivir con ella.
En estos últimos años cada vez me convencía más a mí mismo en creer que cualquier meta es posible, cualquier sueño es realizable si vas a por él. Yo fui a por él durante cuatro años, y justo al final, pisé el freno; un poco, pero lo suficiente, demasiado. Sigo creyendo lo mismo: lo único que te separa de tu sueño eres tú mismo.
Y paradójicamente, desde que he vuelto aquí sabiendo y aceptando que mi historia con El Hobbit se resumiría con un casi, creo que he dado muchos más pasos hacia esa meta que en los primeros cuatro años.
De pura casualidad
Hace dos semanas se celebró en Wellington la premiere mundial de El Hobbit, y muchas cosas pasaron durante esos tres días que estuve en la ciudad del viento. Aunque prácticamente todo puede esperar a otra actualización; porque conocí a Peter Jackson.Año 2001 aprox.
Estoy en el instituto de Ribadesella, es la hora del recreo y me veo hablando con algunos amigos. Juro y perjuro, poniendo a todas las criaturas reales e irreales, habidas y por haber, como testigos de que algún día iré a Nueva Zelanda, encontraré la casa de Peter Jackson y me invitará a beber té sentados en el interior de un agujero hobbit que tiene en su jardín.
Es el germen de Un agujero en el suelo, de HobbitMe, de mi vida en Milford Sound, de sentir Nueva Zelanda como algo propio. Todo empezó en esas mañanas de instituto desaprovechadas, cuando mi meta más cercana no era aún Nueva Zelanda (eso eran palabras mayores y yo era un chaval de instituto) sino Escocia. No eran El Señor de los Anillos y El Hobbit, era Braveheart. Pero era yo, un yo que casi doce años después aún sigue viendo según qué cosas a través del mismo prisma. Y en algún momento de alguna de esas mañanas junto a la playa, decidí que viajaría a Nueva Zelanda y tendría mi aventura digna de El Señor de los Anillos.
Quizás comparar la vida de uno mismo con una epopeya como la obra de Tolkien pueda sonar a delirios de grandeza, pero estoy seguro de que la vida de cada uno, mientras se afronte con hambre de experiencias y retos, es tan espectacular como las aventuras imaginarias de aquellos hobbits.
Sobre el año 2001 comenzaba a fantasear con el día que me encontraría a Peter Jackson, y a finales de 2012, tras haberlo intentado y fracasado durante cuatro años, de una manera completamente casual, lo conseguí.
Mi primera noche en Wellington, a dos días de la premiere de El Hobbit, decidí pagar unos cuantos dólares y apuntarme a una fiesta de disfraces entre fans de Tolkien y de las películas. Estaba solo en Wellington, y así conocería a más gente que iba a estar en la ciudad esos días por la misma razón que yo; encontraría gente con la que compartir horas bajo el sol en la alfombra roja, reservando un buen sitio desde el que ver de cerca las estrellas. Lo que no contaba es que la lluvia de estrellas acudiría a nosotros aquella noche, y de manera totalmente inesperada, sin ningún anuncio, sin chivatazos a la prensa ni entradas espectaculares, Peter Jackson (y Elijah Wood, Andy Serkis, Richard Taylor, y un gran etcétera), despeinado y con cara de cansado, rindió pleitesía a los fans de mandíbula desencajada. Llegó directo desde la sala de montaje de El Hobbit, a la que aún le quedaban unos efectos especiales por pulir antes de dar por terminada. Nos dedicó quince minutos de comentarios desde el escenario junto a sus nada despreciables acompañantes. Y cuando terminó, bajó a dejar que nosotros le arrolláramos en busca de esa foto que imprimir y colgar de todas las paredes de tu casa.
Hay momentos en los que la naturaleza de las personas sale a relucir por sí misma, sea para bien o para mal. Peter Jackson desoyó en todo momento las indicaciones de los miembros de seguridad que hicieron acto de presencia y que le incitaban a irse, dijo que estaba allí por y para nosotros. Lo dijo. "I'm here because of these guys"; puede entenderse de las dos maneras, y cualquiera de ellas manifiesta el buen hacer de una persona honesta y que sin duda no se ha dejado devorar por la megalomanía propia de la industria hollywoodiense. Será que ser kiwi y vivir en Nueva Zelanda ayuda a mantener los pies en el suelo. Sea como sea, mis codos me impulsaron hasta su lado, y durante dos o tres minutos conseguí que me atendiera a mí. Le gustó mi camiseta de HobbitMe; me dio las gracias por haber ido a Nueva Zelanda por El Hobbit y en cierto modo me pidió perdón por mi intento frustrado. No salí de allí con un trabajo ni con el teléfono de mi nuevo amigo Peter Jackson, pero me sentí más que satisfecho. Le estreché la mano y le dí las gracias, no le expliqué por qué, y es que si lo hubiese hecho tendríamos que haber estado toda la noche; le dí las gracias por haberme brindado la oportunidad de hacer de Nueva Zelanda un pedazo de mi vida.
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Fue de casualidad. Cuando conseguí volver sobre mis huellas hasta mi último punto de reconocimiento, todo empezó a irme bien de nuevo. ¿Seguro que fue de casualidad?
Pero no me tomé una taza de té con Peter Jackson en el agujero hobbit de su jardín. No, aún no.

Hola, nico una pena que termine el blog vengo leyendo hace 2 meses todas las entradas del primer wordpress y ahora estoy en el blogspot espero que tu viaje haya sido genial como espero llegue a ser el mío en unos meses más, aun me encuentro en la parte de Milford no sé cómo sigan las entradas, pero me saca un segundo de mi cubículo en la oficina y espero poder conocer Milford en un tiempo más y tomar un café en el pato azul para poder conocer tu edén. Saludos, felicitaciones y los mejores deseos desde chile.
ResponderEliminarNo pude evitar acordarme de ti cuando fui a ver El Hobbit. Me emocioné recordando lo mal que lo habías pasado, lo bien que lo habías pasado, el coraje que has tenido... Joder, ¡si la historia de Bilbo al lado de la tuya a veces se queda en nada!
ResponderEliminarParece que aún puedes conseguir el sueño, ¿no? A ver si es así, y ahora que retomas esto puedo seguir tus andanzas.